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27122012 – “Why Can’t I Wake up With You” live in The Ultimate Tour by Take That

EL NUEVO MIEDO

(columna de Rodrigo Gueldelman, extraída de su libro “Cuestión de Tamaño. La Mente del Macho Chileno”)

Sábado en la tarde. una tienda de ropa femenina en un mall de Santiago. Mientras mi mujer está en el probador, yo juego con mi hija de un año. A ella le encantan todo tipo de papeles (especialmente las revistas de mi colección) y siempre termina comiéndose cualquier hoja, sea de papel couché, bond o reciclada. Esta vez es una boleta la que termina en su boca y, claro, se atraganta con un pedazo. Como ya hay cierto grado de destreza en la paternidad, dos segundos después el papelito está de vuelta en mi mano. Me mira una señora. Se acerca. Sus ojos están llorosos. Me habla. “Cuidado, no deje que la niñita se meta nada raro en la boca. Mi hijo de cuatro años murió por tragarse un globo desinflado, se le pegó en su garganta, no hubo cómo sacarlo y en cinco minutos ya tenía muerte cerebral.”

Me sigue narrando su espantosa experiencia. Mientras, mi mujer espera que me acerque al probador para darle mi opinión acerca de la camisa que quiere comprar. No entiende qué hago hablando con una desconocida ni por qué sigo pegado con la señora en vez de ir donde está ella. No importa, ya va a comprender. En ese momento no hay nada más importante que escuchar este testimonio. Porque es consejo es bueno, pero antes que eso, porque esta sufrida mujer es la evidencia más profunda de la herida que puede dejar un suceso de tanta envergadura emocional. Ella quedó destruida. Se nota en su arrugadísima cara, que le aumenta en veinte años su edad (la acompañan sus hijas, por lo que es fácil calcular cuántas décadas tiene); se nota en su vestimenta (le da exactamente igual lo que se pone encima), se nota en sus lágrimas que no caen, sino que están pegadas a sus ojos, como vivo recuerdo de su desgarro, y se nota en su desequilibrio, el que compruebo cuando cinco minutos más tarde vuelve a acercarse y me repite su historia, como si jamás me la hubiera contado. No sólo me quedo pensando durante días en ella, no sólo me afecta profundamente pensar en su relato, sino que siento una empatía como pocas veces me ha ocurrido.

Veo en esta mujer mi propio destino, si tuviera que enfrentar una experiencia similar. Ahora que soy papá, ahora que me importan trescientas cosas que antes no sabía que existían, ahora que disfruto como loco secarle el pelo a mi hija después de bañarla, ahora que amo a esa criatura como un yonqui necesita su dosis, ahora sé que si la perdiera me iría a la mierda. No puedo evitar emocionarme mientras escribo estas líneas (para colmo escucho a Sigur Rós con audífonos), pues este miedo maldito me acompaña hace varios meses. Es un pánico a que a mi hija le pase algo. Un susto nuevo, desconocido que va pegado con agorex al inmenso cariño que se siente por una guagua que está aprendiendo a caminar y a hablar. Un miedo que aparece en pesadillas, en pensamientos a plena luz del día, mientras manejo o camino por la calle. Sé que no estoy desvariando porque estoy seguro de que nos pasa a muchos. O, quizás, a casi todos. Ahora entiendo a mi mamá, que me llama para saber si estoy bien cuando ve en las noticias o escucha en la radio que hay un accidente en alguna parte de la ciudad.

Ahora me es más fácil comprender por qué, teniendo yo cuarenta y un años, mi madre se sigue preocupando si estoy suficientemente abrigado en estos fríos días de invierno. Claro, lógico, este miedo es perpetuo, vitalicio, infinito. Se ama a un hijo aunque sea un psicópata y se teme por su vida aunque el heredero encuentre que ir al gimnasio es un deporte extremo. Es una maldición inevitable, el lado b de lo que se conoce como el paso más importante de la vida, la otra medalla de la alucinante paternidad – maternidad. Una angustia de la que nadie te advierte, pero que, sin duda y a pesar de lo punzante, vale la pena enfrentar.

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Esta entrada fue publicada en diciembre 27, 2012 por .
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